ROCAS

ROCAS

JC

Sucedió debajo de la luminosa que se apreciaba apenas detrás de un compuesto de grises y densas nubes en un cielo tiznado de mucha noche, en el mismo lugar de otras vigilias de interminables pensamientos. Kuali seguía taciturno los trazos que le recordaban otras tantas de sus pisadas hasta que cayó de espaldas en el suelo polvoroso para extender su mirada más allá de sus anteriores esfuerzos.

Llegó junto a él, de pronto, una figura obscura difícil de distinguir a simple vista, de piernas tan largas como las de las más altas ceibas y debajo de un lienzo que suponía algún tipo de vestimenta que caía y ondeaba como una negra cascada sobre su delgada forma. Apenas se le escuchaba lo que parecía ser un canto incapaz de ignorarse y se confundía con el silbido ligero del viento al entrelazarse sobre su revoloteada cabellera, de muchas ideas y anhelos quizás, hasta desvanecerse en el espacio. Con un movimiento que pareció durar tres vueltas se sentó a su lado y, sin decir nada, alargó sus brazos como si pretendiera abrazar el vacío permanente que se advierte en la soledad.

Tomó un montón de las rocas que halló derramadas en aquel paraje, no más grandes que un puño, pero que en la palma de su mano aparentaban más bien diminutos cristales de luz, y con cierto celo y sus ojos cerrados las acarició como si intentara percibir sus talentos, como si adivinara sus sueños. Entonces alzó la vista y con un suspiro disolvió el celaje que les cubría, tomó una roca entre sus dedos y la lanzó sin mayor esfuerzo, sin ninguna prisa, y la roca surcó el cielo en silencio para ser polvo, ser un rastro y luego un destino en algún punto del universo. La figura tomó otra pequeña roca y la puso en las manos de Kuali, luego algo pensó tan en lo alto que se escuchó como si se lo hubiera gritado al oído, y ahí se comprendió todo. Fue ahí, en el pequeño instante en que todos dormían – porque hay un punto imperceptible en el tiempo en el que todos duermen-, que Kuali lanzó su roca con todo su esfuerzo y la roca salió disparada hasta rebasar los límites del anterior momento para encenderse y terminar siendo, como la de su predecesor, una casualidad más del cosmos, y una tras otra siguieron lanzando las rocas hasta que el cansancio no lo permitió más, y a pesar de las muchas estrellas que habían creado el manto del universo se mantuvo impávido y lleno de luz, pero también, notablemente vacío.

Se dejaron caer los dos de espaladas en el suelo polvoroso y sin decir nada el ser mostró a Kuali mucho más de lo que alguna vez pudo haber imaginado y mucho más allá de sus anteriores esfuerzos. Comprendió acerca de lo poco que se necesita para ser feliz, a confiar en los sueños, de los rasgos de una esperanza y, sobre todas las cosas, que los momentos cuando se está solo son los que más necesitan que uno sea uno mismo.

Este es el cuento que le contaron a Clementina cuando niña, y hoy piensa que tiene sentido considerando los cada vez más frecuentes descubrimientos del universo entero. Por eso sigue soñando con sus brazos extendidos al cielo.