QUIERO DECIRTE…

QUIERO DECIRTE…

Mariana Morales

“Las palabras pueden ser como rayos X si se usan apropiadamente: lo atraviesan todo” Aldous Huxley

Con el cierre de cada año generalmente se nos presenta de manera voluntaria, o no, la oportunidad de hacer un recuento de los eventos, las situaciones, las relaciones y las experiencias que nos dejaron alguna huella o algún aprendizaje, momentos que reconocemos o intuimos que de alguna forma marcaron ya nuestra historia en cualquier sentido. Probablemente, alcances a identificar que en muchos de ellos pudiera haber otras personas que fueron parte relevante de esos episodios y quizá jugaron un papel central para que dichas experiencias estén ávidas de guardarse en tu memoria. Y cualquier cambio de ciclo, como lo es un cierre de año, siempre es un buen motivo -que no pretexto- para poder encontrarnos con los demás y expresarles lo que su paso por nuestro camino ha dejado en nosotros.

Cuando lo usamos de manera verdaderamente consciente, el lenguaje -nuestras palabras y nuestro cuerpo articulándolas- construye realidades y nuevas posibilidades facilitando que nuestras acciones sean un reflejo fiel de nuestras intenciones y nuestras emociones. La propuesta de hoy es explorar una manera de usarlo de forma significativa y basada en el autoconocimiento para poder expresar a los demás por qué y para qué son y han sido importantes para nosotros.

La idea es evitar hablar por hablar, alejarnos de los brindis socialmente aceptables, de los agradecimientos típicos de ritual o los reclamos al calor del momento, sino más bien dimensionar en nuestra propia vivencia el significado profundo de ser acompañados por otros y hacérselos saber. Para ello hay que explorar previamente en nosotros un par de elementos sugeridos por Fred Kofman en su modelo sobre Maestría Emocional, cuya aplicación es útil en cualquier contexto.

El primer paso es reconocer exactamente cómo nos sentimos con respecto a la persona y/o la situación sobre la que deseamos hablar. Para ello es necesario esforzarnos en identificar la palabra específica que refleja nuestra emoción, ya que esto es relevante para dimensionar de manera nítida nuestra vivencia y a la vez expresarla con claridad (favor de evitar “me siento bien” o “me siento mal”); toma en cuenta que se han logrado identificar cientos de emociones y efectivamente no es lo mismo decir “me siento alegre” a “me siento valorado” a “me siento agradecido”, cada palabra refleja una experiencia diferente.

Una vez identificada la emoción de la manera más precisa posible, es elemental aceptarla sin reparo, sin crítica y sin juicio, comprendiendo que las emociones no son positivas o negativas, sino que existen con un propósito específico. Juzgarlas es como juzgar al cielo porque sale el sol, simplemente las siento porque las necesito sentir para “algo”. Lo siguiente entonces es permitirme sentir la emoción de manera genuina sin la necesidad de encerrarla o dejar que se desborde; valga la analogía de pensar que la emoción es como el agua y considerar este punto como la llave que le permite el paso y la deja fluir libre y responsablemente para llegar a donde tiene que llegar.

Por último, es necesario comprender con la mayor amplitud por qué siento dicha emoción, qué hechos provocaron que yo la contactara, qué experiencias previas se relacionan con la misma, qué historia tiene esta emoción en mi vida y, primordialmente, para qué la estoy sintiendo, qué función está cumpliendo para mi experiencia y en mis relaciones.

Si logramos hacer todo esto, estaremos muy cerca de poder articular lo que se conoce como la autoexpresión consciente y así podremos construir con nuestras palabras nuevos puentes con los demás, y sobre todo lograr, a través del uso del lenguaje, comunicarnos asertivamente y darnos la tranquilidad de rendir honor a nuestra experiencia interna haciendo un uso adecuado de nuestras emociones. Para este paso podemos usar la fórmula:

siento… (emoción identificada) + como consecuencia de… + porque pienso… + me gustaría… + quiero pedirte…

… que en un ejemplo muy genérico podría sonar: “Me siento super contento como consecuencia de lo que hemos logrado construir durante este año. Pienso que nunca aflojamos el paso y supimos superar los retos que se nos presentaron. Me gustaría que sigamos compartiendo todo como hasta ahora y pedirte que me sigas acompañando con tu alegría, tu coraje y tu esfuerzo”.

Probablemente el orden de los factores en esta fórmula sí puedan llegar a alterar el producto, por lo que mi recomendación sería tratar de iniciar siempre hablando de nuestra emoción y finalizar con un pedido -cabe mencionar que este pedido puede expresarse a otro o a uno mismo, dependiendo de la circunstancia-. En cualquier escenario lo que es clave para aprender a auto expresarnos de esta forma es el trabajo de tomar consciencia y darle forma a nuestra emoción como se describió previamente. Si saltamos directamente al uso de la fórmula sin hacer esto previamente, corremos el riesgo de que nuestra expresión no sea genuina sino más bien confusa, simple y sencillamente porque no nos dimos la oportunidad de reconocer qué es lo que está pasando en nuestro interior.

Un último aspecto que vale la pena mencionar para completar el uso efectivo de nuestro lenguaje, es la forma en la que usamos nuestro cuerpo y nuestra voz cuando nos comunicamos con los demás. Estoy segura de que muchos hemos tenido malentendidos porque, aunque el contenido de las palabras que decimos o escuchamos es congruente con la intención, la mirada, la postura, el tono o las manos no lo reflejan de igual forma. Mi creencia es que, si haces el trabajo previo de tomar consciencia de tus emociones, asumes con valentía su expresión y te permites estar 100% presente en la situación, tu cuerpo y tu voz te acompañarán de manera consistente logrando así una expresión libre y auténtica, fortaleciendo a la vez tu inteligencia emocional y conectando de manera más significativa con quienes te rodean.

Por todo esto, hoy quiero decirte…